Ese oscuro objeto de deseo

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Un buen amigo residente en El Campello mostró una pila de años atrás su alegría porque estaban a punto de rematar a tiro de piedra la piscina cubierta del complejo deportivo y proyecto estrella de los gestores locales con lo que por fin se animaría al resultar menos costoso y más cómodo coger la rutina de una de las prácticas recomendables para evitar anquilosarse. Se empieza por combatir la pereza decidiendo hacer unos largos con tal de serenar a la L4 y L5 cuando se ponen flamencas y se termina enviciado al comprobar que encima limpia el coco. Sé de lo que hablo. Al entrar en los cuarenta la columna pegó tal traquido que me vi en unas condiciones de calidad de vida lamentables para los años que me quedaran por delante. Mi Pascual, el fisio que me recompuso, me soltó al cabo de un tiempo prolongado y sentenció: «¡Hala! Y desde mañana a nadar cada día una hora de espalda». Si a mi padre le hubiese dado por resucitar y llega a verme con la mochila a las ocho de la mañana no me habría reconocido. Me tenía bien calado, pero es que me vi impedido. Si no de qué. 

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