Hércules: los profetas de la terreta

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Lo siento por Homero. También por James Joyce. Así como por el gran Kirk Douglas y su Ulises de los años cincuenta; o por esa Odisea multimillonaria de Matt Damon y Christopher Nolan. Incluso puede que también por ustedes. Tal vez este regreso a Ítaca no sea el que habrían imaginado pero tocaba deconstruir el mito, hacer que esa mentira sea lo más de verdad posible. Quizás por aquello de que el que se fue a Sevilla perdió su silla y aunque cantara Gardel que veinte años no es nada, pero lo cierto es que lo de Ulises -que se fue a guerrear a Troya y tardó veinte años en regresar a Ítaca- pasaba de castaño oscuro. Imaginen su cara cuando regresó (disfrazado de mendigo para no despertar sospechas) y vio cómo, en torno a la que había sido su casa, revoloteaban decenas de “moscones” que pretendían ocupar su trono y, de paso, la mano (y todo lo demás) de su todavía esposa Penélope. Esta, presionada ante la inmensa probabilidad -que rozaba la certeza- de que su marido estuviese muerto, había acordado con sus pretendientes que cuando acabase de tejer un sudario elegiría marido de entre todos ellos. Menuda engañifa estuvo marcándose nada menos que tres años: tejía de día y destejía por la noche. Eso sí, esta artimaña, que más que un engaño era un insulto a la inteligencia de todos los candidatos, tarde o temprano tenía que ser descubierta. Y así fue. Una de las criadas la pilló con las manos en la tela… y lo hizo público. Penélope, obligada por las circunstancias, tuvo que improvisar una nueva argucia y propuso un torneo de tiro con arco entre todos los participantes, en el que el primero que consiguiera tensar el arco -algo que solo podía hacer Ulises- sería su nuevo marido. Dicho y hecho. Con todos los pretendientes sudando la gota gorda, incapaces siquiera de mover un milímetro de la cuerda, llegó el momento en el que, entre las burlas de todos, el “forastero indigente” pidió su turno. Lo que vino después, se lo pueden imaginar: el mendigo logró lo imposible, tensó fácilmente la cuerda ante la sorpresa de todos, se quitó los harapos -Penélope alucinó al verlo- y, voilà, esta especie de sainete griego, se convirtió en una escena caótica y violenta a partes iguales. Armado de su furia y destreza, arco y cuerda en manos, Ulises fue matando sin piedad, uno por uno, a todos los candidatos. Unos pretendientes que, ironías del destino, buscaban el flechazo con Penélope y solo se encontraron la flecha de su “fallecido” esposo en su regreso a Ítaca…

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